¿Utopía o colapso? Las fricciones de Silicon Valley con el Sur Global
por Anastasia Sokunina
La tecnología porta cosmovisiones. Eso no es teoría. El mundo digital que estructura nuestras vidas (algoritmos de recomendación, sistemas de crédito, plataformas laborales) fue diseñada mayormente en California, con supuestos californianos de individualismo radical, optimización constante, fe en la disrupción como progreso, etc. Ese no es el único modelo posible de inteligencia colectiva, pero se ha naturalizado como si lo fuera.
“El futuro” ha sido la excusa para imponer modelos civilizatorios. Primero la cristianización, luego la modernización occidental, ahora la digitalización según Silicon Valley. En muchos rincones del mundo hemos aprendido que ese futuro nunca fue completamente confiable. Se vive entre colapsos, reformas abruptas y promesas ideológicas que no resisten el tiempo.
En una aldea tayika, las decisiones que afectarán a tres generaciones no se toman con datos ni proyecciones, sino con conversación lenta y memoria colectiva. En los Emiratos, el petrodólar compra infraestructura de punta pero no transforma necesariamente las relaciones sociales. En Bagdad, redes de solidaridad sostienen la vida cuando las instituciones formales colapsan. Ninguno de esos modelos encaja en el “futuro” que exporta Occidente.
Mejora situada, no perfección prometida
Entre esas geografías —y desde la memoria rusa ortodoxa, donde el tiempo es tensión entre caída y redención, no progreso lineal— aparece la protopía. No como término de moda, sino como necesidad epistémica. Las utopías dejaron cicatrices en mi contexto cultural. La fascinación distópica que domina el discurso tecnológico actual tampoco sirve. Ambos extremos simplifican la complejidad humana.
La protopía acepta la imperfección estructural del mundo y la pluralidad de lo deseable. No promete perfección final ni advierte sobre colapso total. Es mejora situada, imperfecta, múltiple. Ninguna aldea tayika necesita “ponerse al día” con Copenhague. Puede necesitar conectividad, pero en sus propios términos: quizás comunitaria en lugar de individual, quizás orientada a preservar conocimiento local en lugar de integrarse a mercados globales. Ambos son futuros legítimos.
En Europa del Este, creadores digitales investigan memoria, identidad y poder algorítmico desde una conciencia histórica más cruda que la amnesia optimista de Silicon Valley. En contextos islámicos, hay experimentos con finanzas éticas que parten de la prohibición teológica de la usura —un principio económico incompatible con la lógica del capital de riesgo, pero perfectamente viable como estructura alternativa—. Se explora biotecnología comunitaria para producción a pequeña escala. Ninguno promete ser la panacea universal y esa honestidad se agradece.
La inteligencia artificial, la automatización o las infraestructuras digitales modifican cómo entendemos la responsabilidad, la comunidad y la verdad. Por eso las protopías culturales operan en ese nivel e introducen alteraciones en la relación entre personas, datos e instituciones.
El desafío epistémico
Desde el Norte global, es evidente cómo los estándares tecnológicos se definen en pocos centros de poder pero es evidente lo frágiles que pueden. El Sur Global comparte esa experiencia de fragilidad, aunque por razones distintas: dependencia estructural, financiamiento externo, extracción de talento. Por eso la protopía importa como estrategia.
Descolonizar el futuro es cuestión de acceso y de imaginación. Mientras sigamos creyendo que solo hay una forma legítima de futuro, seguiremos diseñando tecnologías que replican esa estrechez. El desafío es reconocer que distintas civilizaciones —india, rusa, africana, islámica— producirían infraestructuras distintas porque parten de ontologías distintas sobre qué es una persona, qué es comunidad, qué es progreso.
El futuro es una práctica que se cultiva y que exige prudencia, profundidad y conciencia de que todo sistema, por sofisticado que parezca, puede romperse. No es pesimismo sino realismo necesario para repensar en un diseño mejorado.
Las protopías prometen algo más realista y es el sentido en medio de la incertidumbre y sobre todo, prometen pluralidad. El derecho de cada comunidad a imaginar futuros coherentes con sus propias historias, sin tener que traducirse al lenguaje del progreso universal para ser tomadas en serio.
Hablar de futuros es el reconocimiento de que el mundo siempre fue plural. La tecnología, finalmente, debería serlo también.
📌 Anastasia Sokunina es curadora e investigadora en tecnología y cultura. Ha trabajado en proyectos de investigación aplicada en Medio Oriente, Asia Central y el Norte de Europa. Vive en Copenhague.




