La mañana en Songdo tiene un susurro peculiar. Desde la ventana del café donde escribo estas líneas, los autos eléctricos se deslizan en avenidas impecables y se detienen apenas lo justo por semáforos sincronizados con la paciencia humana. Los algoritmos, los sensores, las cámaras discretas gestionan la ciudad con una exactitud que después de unos días deja de sorprender y empieza a incomodar.
Songdo se levantó con una inversión superior a 40.000 millones de dólares. El 98% de los hogares tiene gestión energética inteligente. La palabra “smart” es innecesaria porque aquí todo lo es. Pero nada de esto funciona sin la base eléctrica y computacional que sostiene cada algoritmo. Songdo es posible porque opera sobre un ecosistema energético estable y una red de centros de datos distribuida. Ese nivel de integración no existe en la mayor parte de América Latina, donde la expansión urbana avanza más rápido que la infraestructura que debería sostenerla.
Las ciudades que prometieron demasiado
Masdar, en Emiratos Árabes Unidos, se diseñó para ser la primera ciudad carbono neutral del mundo. 22.000 millones de dólares, energía solar casi total, automóviles convencionales prohibidos. Pude visitarla hace unos meses y lo que encontré fue una fracción mínima de la población prometida y sistemas de transporte autónomo que funcionan como recordatorio de una utopía que no terminó de materializarse.
Neom, en Arabia Saudita, es la hipérbole hecha urbanismo. 500.000 millones de dólares para una ciudad lineal de 170 kilómetros pensada para 9 millones de habitantes. Los renders de ciencia ficción cedieron paso a denuncias laborales, dudas financieras y un escepticismo creciente. Hoy es imposible poner un pie en la región.
Pero el caso más revelador no está en el Golfo sino en Toronto. En 2019, Alphabet intentó levantar un barrio experimental de 900 millones de dólares sobre la orilla del lago Ontario. El proyecto tenía todo: capital, tecnología, respaldo institucional. Lo que no tenía era legitimidad. En las calles olía a vigilancia. Los vecinos se organizaron. El proyecto se canceló. La lección de Toronto es más valiosa que la de Masdar o Neom precisamente porque el fracaso no fue financiero ni técnico — fue político. Una ciudad inteligente que sus propios habitantes no quieren es simplemente una ciudad vigilada.

El precio de los datos
Songdo, Masdar, Neom y el proyecto fallido de Toronto comparten algo que rara vez se menciona en los renders: todas dependen de datos masivos sobre el comportamiento humano. Millones de desplazamientos, decisiones en tiempo real, patrones de consumo. Esa información tiene un precio y ese precio es la privacidad. El problema es que la privacidad no vale lo mismo en todas partes. En las democracias con instituciones fuertes existe como derecho exigible. En contextos de gobernanza débil o autoritaria, los mismos sistemas que en Copenhague generarían escándalo operan sin fricción.
Una ciudad hiperconectada puede ser eficiente o autoritaria. Inclusiva o extractiva. La tecnología no decide eso — lo decide el régimen de gobernanza que la contiene. Y ese régimen no viene incluido en el software.
De regreso en Songdo, observo estas ciudades de ensayo y error con una mezcla de fascinación genuina y escepticismo creciente. El futuro urbano que se proyecta aquí es real y es posible. Pero las sombras que los entusiastas no ven no están en la tecnología. Están en la pregunta que nadie hace en los lanzamientos: ¿para quién es esta ciudad, y quién decidió que fuera así?
Zach Wall, es especialista en UAS (sistemas aéreos no tripulados) y urbanismo algorítmico y sostenibilidad ecológica. Colabora en 2050 Lab.



