Los modelos de inteligencia artificial que hoy usamos como infraestructura cognitiva fueron entrenados sin presencia significativa del español rioplatense, del quechua, del swahili. No producen errores visibles cuando los usamos. Producen invisibilidad. Y la invisibilidad, a diferencia del error, no genera alarmas.
Arjun Appadurai, antropólogo indio que estudia la relación entre globalización, cultura y poder, argumenta que la imaginación no es un lujo sino una práctica social con consecuencias materiales. Las comunidades que no controlan las condiciones de su propia aspiración — los instrumentos con los que conciben el futuro — quedan atrapadas en futuros que otros diseñaron para sí mismos. Lo que se sigue de ese argumento es que habitar una infraestructura tecnológica sin haberla diseñado no es neutralidad. Es una forma de colonización que no necesita declararse.
La gramática del deseo
Delegar la infraestructura tecnológica es visible. Delegar la infraestructura cognitiva no lo es. Cuando el 90% del hardware que sostiene nuestra vida digital viene de afuera, estamos delegando algo más que la computación: estamos delegando los patrones que deciden qué futuros parecen plausibles, qué problemas parecen urgentes, qué soluciones parecen elegantes.
Un sistema de pagos diseñado para una economía bancarizada no falla cuando llega a una economía informal. Simplemente no ve a sus usuarios. Las pantallas, sus arquitecturas, sus supuestos, sus modos de recortar la realidad — fueron diseñadas en ausencia nuestra. Y ahora las usamos para pensar.
La trampa del espejo tardío
La respuesta más frecuente a este diagnóstico es pragmática: la transferencia tecnológica, bien ejecutada, puede ser el puente desde la dependencia hasta la agencia. Pero aprender a operar una tecnología es distinto a aprender a concebirla. Vietnam fabrica componentes para Samsung — eso es transformador comparado con exportar café. Pero los ingenieros en Seúl todavía deciden qué se va a fabricar, por qué, y para quién.
En la economía del siglo XXI, donde el valor se concentra en quien formula el problema, esa distinción separa a los socios de los proveedores.
La trampa del espejo tardío consiste en creer que alcanzar al que va adelante equivale a trazar una trayectoria propia. El espejo reproduce, con retraso, lo que ya existe. El futuro que necesitamos todavía no existe — y por eso requiere ser concebido, no copiado.
Habitar, no solo usar
M-Pesa, el sistema de pagos móviles lanzado en Kenya en 2007, no nació de una transferencia tecnológica ni de una política industrial. Nació de una pregunta que ningún banco occidental se había hecho: ¿cómo mueve dinero una economía donde la mayoría no tiene cuenta bancaria? La respuesta ignoró deliberadamente la lógica del sistema financiero global y construyó sobre lo que sí existía: teléfonos básicos y redes de confianza local.
Algo parecido ocurre con Latam-GPT, el modelo de lenguaje desarrollado en Chile en 2025 por una red de instituciones latinoamericanas. No nació para competir con GPT-4 en benchmarks universales. Nació porque los modelos existentes no ven al usuario que habla quechua, que mezcla español rioplatense con lunfardo, que vive en una economía donde las categorías del norte no aplican. Es un intento de codificar una manera de ver el mundo en una herramienta propia. Puede fallar. Pero formula el problema desde adentro.

El filósofo hongkonés Yuk Hui llamaría a eso cosmotécnica: la intersección entre la cosmología de una cultura y sus herramientas materiales. M-Pesa y Latam-GPT no son soluciones terminadas. Son la codificación de una manera de entender la confianza, la distancia, el intercambio, el lenguaje. Una sociedad que no puede producir esa intersección no solo consume tecnología ajena. Habita un imaginario que alguien más diseñó para sí mismo.
Construir una cosmotécnica propia exige, antes que política industrial, decidir qué problemas consideramos dignos de solución técnica. Esa decisión es filosófica antes de ser económica. Y mientras no la tomemos desde aquí, llegará incorporada en los sistemas que importamos.
Hay una diferencia entre los pueblos que nombran el mundo y los que usan los nombres que otros pusieron. Los primeros codifican su manera de ver en las herramientas que construyen. Los segundos descubren, tarde, que sus palabras ya llegaban con traducciones incorporadas.
El que no puede nombrar, no puede reclamar.
Joaquin Vigueras es Research Analyst dedicado al análisis de riesgos geopolíticos, arquitecturas de poder tecnológico y transiciones estructurales.


