La mañana en Songdo tiene un susurro peculiar que acompaña. Desde la ventana del café donde escribo estas líneas, los autos eléctricos se deslizan en avenidas impecables y se detienen apenas lo justo por semáforos sincronizados con la paciencia humana. Aquí, los algoritmos, los sensores, cámaras discretas y sistemas de movilidad gestionan la ciudad con exactitud y una omnipresencia digital.
Songdo, levantada con una inversión superior a 40.000 millones de dólares, es algo más que un barrio futurista de 170.000 habitantes. Cada edificio está cableado hasta la médula lo que permite que el 98% de los hogares disponga de gestión energética inteligente a tal grado que la palabra “smart” es innecesaria.
Aquí la ciudad se anticipa a lo cotidiano. Toda actividad humana busca estar registrada y se ajusta a sus necesidades.
Nada de esto funciona sin la base energética y computacional que sostiene cada algoritmo. Songdo es posible porque opera sobre un ecosistema eléctrico estable y una red de centros de datos distribuida. Ese nivel de integración no existe en la mayor parte de América Latina, donde la expansión urbana avanzan más rápido que la infraestructura que los sostiene.
Masdar, en Emiratos Árabes Unidos, se diseñó con las ambiciones que permiten levantar un enclave de 22 mil millones de dólares para que el sol provea casi toda la energía y los automóviles convencionales esten prohibidos. Sobre el papel, debía albergar a 50 mil personas y convertirse en la primera ciudad carbono neutral. Hace unos meses pude comprobar que apenas una fracción mínima de la población prometida ha migrado, y los sistemas de transporte autónomo son un recordatorio de una utopía tecnológica que dificilmente se concrete.
Neom, en Arabia Saudita, es la hipérbole hecha urbanismo. 500 mil millones de dólares para una ciudad lineal de 170 km, pensada para 9 millones de habitantes. “The Line” se anunció con renders de ciencia ficción, pero en la obra predomina la duda financiera, las denuncias laborales y un escepticismo creciente sobre su viabilidad real. Luego de los grandes anuncios, hoy es imposible poner un pie en la región. Es un tropiezo futurista.
Todas estas ciudades comparten la dependencia de los datos. Millones de desplazamientos, eficiencia y decisiones en tiempo real se paga con privacidad. Y la privacidad es un derecho sólo en las democracias occidentales.

El caso de Toronto en 2019 es un ejemplo crudo cuando Alphabet intentó levantar un barrio experimental de 900 millones de dólares. Lo que parecía un Edén digital, en las calles olía a vigilancia y pronto la oposición vecinal fue tal que el proyecto se canceló. La lección fue que ninguna ciudad inteligente prospera sin legitimidad social.
Cada experimento urbano (Masdar, Neom, Toronto) deja lecciones más valiosas que sus fracasos:
1. los sensores sí reducen atascos
2. la transición energética es más lenta de lo prometido y
3. la participación ciudadana define el éxito o fracaso
Las decisiones urbanas determinan qué trabajo se automatiza, qué instituciones ganan o pierden legitimidad y qué formas de polarización aparecen. Una ciudad hiperconectada puede ser eficiente o autoritaria. Inclusiva o extractiva. La diferencia está el régimen de gobernanza que los modera.
De regreso en Songdon, observo con lupa estas ciudades de ensayo y error, donde se moldea la cotidianidad a cambio de preservar sostenibilidad, comunidad y derechos.
Estas son notas desde un café, fascinado por el futuro que se proyecta y a la vez preocupado por los ingenuos entusiastas que no ven las sombras.
📌 Zach Wall, es especialista en UAS (sistemas aéreos no tripulados) y urbanismo algorítmico y sostenibilidad ecológica. Colabora en 2050 Lab.



