Hasta hace unos años, el desarrollo tecnológico tuvo una geografía muy precisa. Universidades con recursos, investigación financiada por el Estado, empresas capaces de absorber ese conocimiento y convertirlo en productos. Funcionó en Estados Unidos, en Europa occidental, en el noreste asiático. Y fue, en gran medida, diseñado para sí mismo.
El Sur Global heredó ese modelo a seguir, pero como no pudo replicarla tuvo que encontrar sus propios caminos.
Así, en Yakarta, Bandung o Surabaya, miles de jóvenes se incorporan cada año a clases de economía digital o software por rutas que ningún planificador educativo diseñó. Bootcamps, plataformas online, comunidades de programadores, startups donde la experiencia llega antes que el título. El resultado es un ecosistema de formación más disperso, más heterodoxo y, en muchos aspectos, más ágil que cualquier currículo concebido con años de anticipación.
Lo que estos desarrolladores tienen en común no es un diploma sino una capacidad de adaptación construida en condiciones reales. Aprendieron resolviendo problemas concretos antes de entender la teoría que los explica. Es una ventaja competitiva antes que una carencia.
Este modelo tiene rasgos reconocibles que merecen ser nombrados como fortalezas. Por ejemplo, las habilidades se construyen en bloques orientados a necesidades específicas. Es comunitario, porque redes de programadores y mentorías informales cumplen funciones que en otros contextos realizan instituciones formales. Y responde con una velocidad que los sistemas tradicionales raramente alcanzan.
Las preguntas correctas
Reconocer las limitaciones de este modelo no significa descartarlo. La formación modular puede producir bases teóricas frágiles, y sin vínculos con la investigación avanzada el ecosistema productivo tiene un techo, pero la respuesta no pasa por importar el modelo universitario del siglo XX. Se necesita construir algo distinto desde lo que ya existe.
Algunas universidades en el sudeste asiático empezaron a moverse en esa dirección con programas híbridos, colaboraciones con empresas tecnológicas y trayectorias académicas más permeables al aprendizaje informal. Se busca crear estructuras donde la formación formal y la informal se fortalezcan mutuamente sin que una absorba a la otra.
Bangladesh muestra hasta dónde puede llegar ese proceso cuando gana escala. Con más de un millón de freelancers activos y la segunda reserva más grande de trabajadores digitales del mundo, el país construyó ese capital humano en gran medida fuera de los campus. Institutos como Creative IT han formado a más de 70.000 estudiantes en programación y desarrollo web, muchos provenientes de carreras sin ninguna relación con la tecnología. Hoy más de 4.500 empresas de software operan en el país, con exportaciones del sector que superan los 700 millones de dólares anuales. Nigeria, Colombia, Senegal e Indonesia enfrentan variaciones del mismo desafío. En todos ellos, el aprendizaje distribuido ya existe. Lo que falta es el reconocimiento institucional y las políticas que le den escala.
El Sur Global no está completamente atado a las instituciones que heredó del siglo pasado. Esa relativa libertad, que durante mucho tiempo se interpretó como desventaja estructural, puede ser exactamente lo contrario. La posibilidad de construir modelos propios en lugar de replicar los que ya existen en otro contexto histórico tiene un valor que todavía no se ha calculado bien.
Esa es la apuesta. Y hay razones concretas para creer que es posible.
📌 Lina Oey tiene amplia experiencia en el sector educativo y tecnológico en Singapur y el sudeste asiático. Vive en Yakarta, Indonesia.




