La evolución de la naturaleza de los conflictos, en la era contemporánea, ha reposicionado la inteligencia como una herramienta central para la conducción estratégica de los Estados. Tras el atentado del World Trade Center del 11 de septiembre de 2001, su rol se ha vuelto cada vez más decisivo en la acumulación y manejo de información para la neutralización de objetivos militares, como parte del proceso de toma de decisiones en materia de seguridad y defensa. Esta evolución se ha caracterizado por el desarrollo de capacidades institucionales para el funcionamiento de la Función Estatal de Inteligencia (FEI), así como por la evidencia de la vulnerabilidad de las potencias frente a amenazas no convencionales y las limitaciones de los sistemas de inteligencia para anticiparlas, lo que ha sido interpretado como una falla sistémica más que como una simple ausencia de información (Lowenthal, 2015; Zegart, 2022).
A partir de lo anteriormente señalado, el escenario internacional se ha visto marcado por la proliferación de conflictos híbridos, donde los actores no estatales, como organizaciones terroristas y redes de crimen organizado transnacional, han operado combinando dimensiones militares, políticas y tecnológicas. El presente análisis tiene como objetivo examinar el rol de la inteligencia en los conflictos contemporáneos, considerando su evolución, los desafíos que enfrenta en la actualidad y la visión para el futuro. El atentado del World Trade Center marcó un giro en el presente siglo, consolidando la predominancia de conflictos híbridos. Dentro de este contexto, la inteligencia se volvió un recurso fundamental para la recolección de información y el proceso de toma de decisiones en diferentes conflictos. Por ejemplo, en la guerra de Afganistán (2001), se utilizó principalmente en el plano operativo y táctico en terreno. Sin embargo, durante la invasión de Irak (2003) se evidenció los límites y riesgos de su uso político, al basarse en información errónea sobre armas de destrucción masiva.
Por otro lado, el auge de conflictos híbridos desde 2010, caracterizados por terrorismo, crimen organizado y ciberataques, amplió el campo de acción de la inteligencia más allá de lo militar. Podemos observar que la guerra de la información y la ciberinteligencia han adquirido un rol central en fenómenos como la desinformación y la interferencia electoral. Ejemplos como la guerra entre Rusia y Ucrania reflejan el uso intensivo de inteligencia en tiempo real, combinando dimensiones militares, digitales e informacionales.
El rol de la inteligencia ha sido cada vez más decisivo en la acumulación y gestión de información orientada a la neutralización de objetivos estratégicos. Esta evolución refleja su creciente centralidad dentro del aparato estatal y su consolidación como un recurso clave en la conducción estratégica.
La inteligencia ha dejado de ser un instrumento exclusivamente táctico para convertirse en un componente estratégico del poder estatal, estrechamente vinculado al proceso de toma de decisiones. Como plantea Lowenthal (2015), no implica solamente la recolección de información, sino también su transformación en conocimiento útil para la formulación de políticas en contextos de alta incertidumbre. Esta función se expresa en el ciclo de inteligencia, que comprende etapas de recolección, procesamiento, análisis y difusión, adaptándose a las características del conflicto. Tal como señalan Payá, Delgado y Fernández (2015), este proceso es dinámico y orientado a la producción de información relevante para decisores políticos y mandos estratégicos.
Consecuentemente, el creciente volumen de información disponible, junto con la irrupción de nuevas tecnologías y la complejidad de los actores, ha tensionado los límites tradicionales de la inteligencia. Como advierte Zegart (2022), los principales desafíos actuales no radican únicamente en la obtención de información, sino en su procesamiento, interpretación y uso oportuno. Siguiendo esta línea, la inteligencia continúa siendo fundamental en la medida en que permite reducir la incertidumbre inherente a los conflictos, adaptándose a nuevas formas de guerra y a la diversificación de actores en el sistema internacional.
En conclusión, el rol de la inteligencia dentro de los conflictos actuales exige ser comprendido más allá de sus funciones operativas, considerando sus alcances, limitaciones y su aumento en la incidencia de la configuración del poder en el sistema internacional. En el contexto de creciente complejidad, donde la aceleración tecnológica y la transformación de las amenazas reconfiguran la seguridad internacional, la inteligencia se consolida como un elemento estructural. Es por esto que para el 2035, la innovación tecnológica tenderá a redefinir el poder en el sistema internacional, desplazando su eje desde las capacidades materiales hacia el control de la información. Desde las relaciones internacionales, esto intensifica la competencia entre Estados, donde la inteligencia, potenciada por inteligencia artificial y análisis de datos, permite anticipar, influir y operar estratégicamente. En este escenario, la disputa entre Estados Unidos y China refleja una competencia estructural por el dominio tecnológico, mientras que la incorporación de estas capacidades por actores no estatales complejiza el equilibrio de poder, consolidando la inteligencia como un eje central de los conflictos contemporáneos
Lita Picasso es politóloga con mención en Relaciones Internacionales y Research Fellow en Open Andes, especializada en geofinanza, cooperación internacional y dinámicas globales en América Latina. Escribe en Fun Politik
Francisco Covarrubias es politólogo, especialista en seguridad internacional, defensa y crimen organizado. Líder de Investigación en el think tank Open Andes y candidato a Magíster en la ANEPE.
Bibliografía
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