Futuros Geopolíticos y Tecnológicos hacia 2035 — Parte II
por Anthony Medina Rivas Plata
La ventana para obtener ganancias de productividad existe, pero choca con una base débil en investigación, infraestructura y talento especializado, también en el plano institucional: la regulación avanza más rápido que las capacidades estatales de buena parte del Sur Global. Un informe del National Institute of Standards and Technology (NIST) publicado en 2023, ya definía un marco voluntario y transversal para gestionar riesgos de IA a lo largo de todo el ciclo de vida del sistema. En paralelo, la Unión Europea aprobó en 2024 el AI Act, que consolida un enfoque regulatorio por niveles de riesgo y, en la práctica, proyecta estándares con efectos extraterritoriales sobre proveedores, integradores y usuarios. A ello se suma un tercer componente clave, que es la carrera cuántica.
La OCDE reporta que, a noviembre de 2025, 18 países miembros de la organización más los países de la Unión Europea ya habían adoptado estrategias nacionales formales en el desarrollo de tecnologías cuánticas, y que desde 2013 los gobiernos del mundo han comprometido alrededor de US$55,7 mil millones en este campo. Una vez más América Latina llega tarde a otra competencia por tecnologías emergentes al mismo tiempo que exhibe brechas notorias en ciberseguridad. Un reporte elaborado en conjunto por el BID y OEA en 2025, evaluó a 30 países de América Latina y el Caribe y halló rezagos persistentes en calidad de software, protección de infraestructura crítica, mercado de ciberseguridad e inversión en investigación e innovación. Si bien nuestra región se digitaliza a un ritmo paralelo al del resto del mundo, está muy rezagada en la protección de sus propios sistemas digitales.
Otro problema es de carácter climático-energético y a mi juicio va a ser el más importante hacia 2035. El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) y la síntesis de las ‘Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional’ de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) convergen en que las trayectorias compatibles con 1,5°C exigen que las emisiones globales alcancen su pico antes de 2025, caigan 43% para 2030 y 60% para 2035 respecto de 2019. Para que eso suceda habrá una presión climática que se traducirá directamente en una mayor demanda de minerales (especialmente minerales raros), infraestructura eléctrica y esfuerzos diplomáticos por una mayor compatibilidad regulatoria (precisamente en un año como 2026, en el que la diplomacia no suele ser la primera vía a través de la cual se resuelven los conflictos).
El Global Critical Minerals Outlook 2024 de la Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que el valor agregado de mercado de cobre, litio, níquel, cobalto, grafito y tierras raras podría pasar de alrededor de US$325 mil millones hoy a US$770 mil millones en 2040 bajo un escenario ‘net-zero’ (trayectoria de emisiones en la que la cantidad total de gases de efecto invernadero emitidos por la actividad humana se equilibra con la cantidad que se elimina de la atmósfera, de modo que el balance final es cero). En ese contexto, América Latina capturaría alrededor de US$120 mil millones del valor de mercado de la producción minera hacia 2030, pero ese potencial convive con una restricción severa: incluso con los proyectos mineros hoy anunciados en la región, en 2035 solo se cubriría 70% de los requerimientos de cobre (siendo Perú y Chile los dos productores clave) y 50% de los de litio. En otros materiales la concentración seguirá siendo extrema porque más de 90% del grafito ‘grado batería’ y el 77% de las tierras raras refinadas en 2030 seguirían produciéndose en China.
Es claro que la ‘transición verde’ no sólo no eliminará la geopolítica, sino que la intensificará. Y al igual que en sus últimos dos siglos de existencia republicana, el poseer recursos naturales por sí solos no bastará para generar desarrollo y poder nacional en América Latina. Así, el escenario 2035 nos deja lecciones bastante concretas. América Latina no enfrenta un único desafío, sino una ecuación donde al menos hay tres variables. Primero, presión comercial desde la rivalidad entre potencias; segundo, dependencia tecnológica en IA y ciberseguridad; y tercero, una transición energética que amenaza con reproducir nuevas formas de primarización ya vistas a lo largo del siglo XX. La región todavía tiene un margen para insertarse mejor, pero la nueva política exterior de los Estados Unidos en el Hemisferio Occidental está estrechando ese margen de manera acelerada y como nunca ha ocurrido en nuestra historia (basta ver lo que ocurrió en Venezuela el pasado 03 de enero).
Concluimos señalando que la discusión ya no es si la geopolítica y la tecnología van a vincularse, porque eso ya viene ocurriendo hace mucho tiempo. La discusión real es si como latinoamericanos podremos llegar a 2035 como meros proveedores de insumos y usuarios tardíos de tecnologías ajenas, o por el contrario seremos capaces de traducir nuestros recursos, regulación e infraestructura en una posición internacional menos subalterna.
📍Anthony Medina Rivas Plata es politólogo, y cuenta con una destacada trayectoria en docencia universitaria, gestión académica e investigación sobre política latinoamericana y relaciones exteriores.




